Gil Carter, dueño del vuelacercas más largo de la historia

Miami– Pues sí. No fue Babe Ruth, ni Mickey Mantle o Barry Bonds. Su nombre es Gil Carter.

La fecha era el 11 de agosto de 1959. Pero no sería un juego cualquiera, sino que guardaría un memorable momento. Ese día en Carlsbad, Nuevo México, hace 49 años, los fanáticos, jugadores, árbitros y quien estuvo presente, tuvo la dicha de presenciar el jonrón más largo de todos los tiempos.

Todos observaron atónitos cómo la reina de las 108 costuras, desaparecía en la oscuridad sobre un poste de luz de sesenta pies de alto, justo encima de la marca de los 330 pies en el jardín izquierdo. El bateador fue el jardinero Gil Carter de Carlsbad Potashers de la Clase D Sophomore League.

El lanzador era Wayne Schaper, de los Dodgers de Odessa, Texas. Carter, la conecto sobre el primer lanzamiento de Schaper, para él fue una bola rápida a la altura del cinturón. El gruñido de Carter al pegarle, fue más fuerte que el sonido de la bola chocando con el bate.

En la cabina de prensa, el locutor público Bill West, el operador de Western Unión, y el anotador oficial, que también era el editor de deportes del periódico local, les parecía haber visto un extraterrestre.

Carter era un ex boxeador de 218 libras de Topeka. Había sido un fullback en la escuela secundaria, pero vivió en Kansas City cuando los Cachorros de Chicago lo asignaron al pequeño balneario y ciudad minera de potasa en el río Pecos, cerca de las maravillosas cavernas que llevan el nombre de la ciudad. Se dijo que había ganado sesenta y uno de sesenta y ocho peleas amateur y profesionales. Tenía el físico de un levantador de pesas. Carter tenía solo veintitrés años de edad. La Liga Sophomore, como su nombre lo indica, tenía la intención de llevar a los jugadores de béisbol en sus primeros años en las menores y prepararlos para el avance.

No lo llamen un “mito” o una “leyenda”. Estamos claro que el bambinazo no fue en Ligas Mayores, el aire estaba soplando fuerte y la elevación de tres mil pies, se combinaron con el propio bateador, para producir este batazo inigualable pero la distancia está bien documentada.

El agente inmobiliario y de seguros de Carlsbad C. F, Charley Montgomery, era propietario y gerente general de Potashers y explicó que el dueño de una casa encontró una pelota de béisbol en su jardín al día siguiente al pie de un árbol de durazno, rodeado de frutos verdes en el suelo, los cuales indicaban que la bola se estrelló entre los miembros y las hojas del mismo y luego, bajó y rebotó. No hubo otros melocotones caídos en el trayecto. No había ninguna razón para imaginar a alguien moviendo la bola más lejos en línea recta pero sin tomarla. Y este detalle: Montgomery fue el desarrollador de la subdivisión más allá de la valla del campo izquierdo de Montgomery Field. Sabía el ancho exacto de calles y callejones. Él sabía la profundidad de cada lote.

En su oficina extendió mapas en una mesa de conferencias y el editor de deportes de Carlsbad, Current-Argus, quien fue el anotador oficial esa noche, también fue un fotógrafo aéreo entrenado en el servicio militar. Al día siguiente, voló sobre el campo y fotografió la escena. Las impresiones se presentaron en el escritorio de Montgomery y decian: “El monstruoso batazo fue medido y triangulado, la bola fue encontrada a setecientos treinta pies de home”

Fuente: Alfredo Álvarez

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